Por María Laura Volpi – Equipo de Consultores del CEF
En las familias empresarias es habitual encontrarnos con silencios sobre determinados temas que sobrevuelan todo el tiempo y cuando indagamos un poco más nos encontramos con que “de ese tema no se habla”, así como también situaciones en las que se dicen las cosas desde una reacción impulsiva, una especie de secuestro emocional y aunque después surja el “no quise decir eso”, lo dicho o hecho dejó una marca imborrable en la otra persona; aunque luego aparezca el arrepentimiento ya no se puede revertir.
Cuando la cercanía e incondicionalidad juegan en contra
La cercanía e incondicionalidad implícita en los vínculos familiares a veces nos lleva a decir cosas que no diríamos a otras personas fuera de la familia, decimos algo durísimo y después esperamos que la otra persona nos perdone porque “es mi padre”, “es mi madre”, “es mi hijo” y siempre lo va a ser. Y en las familias empresarias se agrega la complejidad de que muchas de estas cosas que se expresan impulsivamente tienen que ver con el negocio, quizás se conversan en el asado del domingo y luego no se vuelve a hablar del tema.
Juan es el fundador de una empresa y con sus 2 hijos están comenzando una etapa de relevo generacional. Juan ve que sus hijos no trabajan como él espera y está convencido de que se van perder clientes si se sigue así. Un viernes después de una jornada laboral complicada, Juan iba en el auto con su esposa y su hijo mayor rumbo a un casamiento y hablando de cómo había sido su día en la empresa expresó “estoy cansado de que ustedes hagan todo mal, nos vamos a quedar sin nada”, llegaron al lugar del evento y el tema no se volvió a tocar.
El aporte de las emociones
Podemos observar que Juan puede estar sintiendo frustración cuando ve que sus hijos no trabajan de la forma que él espera y también miedo ante la posible pérdida de clientes si la calidad no es la que vienen generando hasta ahora.
Ponerle nombre a estas emociones le permitiría a Juan verlas, separarse de ellas y analizar la información que traen para poder elegir qué quiere hacer.
La frustración invita a revisar las expectativas, luego de analizarlas puede que quiera ajustarlas o quizás se da cuenta que quiere mantenerlas y expresarlas con claridad a sus hijos, eligiendo un momento en que esté más tranquilo y en un lugar adecuado para sentarse a hablar con ellos y transmitirles qué es lo que espera en forma clara y con ejemplos concretos.
El miedo indica que existe una amenaza, quizás es la posible pérdida de clientes y ante eso puede trabajar en generar recursos para hacer frente a esa amenaza, como por ejemplo, acordar con sus hijos los estándares de calidad mínimos esperados y definir qué acciones van a tomar para mantener el vínculo con los clientes.
Cuando podemos gestionar las emociones dejamos de ser rehén de los impulsos para elegir lo que queremos hacer de acuerdo a nuestros valores y objetivos, lo que nos permite tomar decisiones más estratégicas.
La gestión de emociones es una herramienta sumamente útil para poder tener conversaciones difíciles, esas que muchas veces se evitan y se convierten en una bola de nieve. Este tipo de recursos nos habilita a ponerle voz a esos viejos silencios y tener las conversaciones necesarias, a poder hablar abiertamente sobre el pasado, el presente y fundamentalmente sobre el futuro de la empresa familiar.


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